Chile es el país de la OCDE donde los adolescentes viven más pegados al celular: 45 horas semanales en redes sociales

El uso excesivo de redes sociales en adolescentes preocupa por sus efectos en la salud mental, el sueño y la atención, mientras Chile debate nuevas restricciones.
imagen generada con inteligencia artificial sobre el estudio de la OCDE sobre los adolescentes y el uso de las redes sociales
25 Agosto, 2026

Ojo con este dato, porque es fuerte, un adolescente chileno de 15 años pasa, en promedio, más de 45 horas a la semana en redes sociales; eso son casi 6,4 horas diarias, todos los días, sin descanso. Y si lo comparamos con una jornada laboral completa en Chile, la superan por tres horas. O sea, un chico de tercero o cuarto medio “trabaja” más en TikTok, Instagram o WhatsApp que un adulto en su pega.

El dato viene del informe “Crecer en la era de las redes sociales”, publicado este 2026 por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), y ubica a Chile en el primer lugar del ranking entre los países evaluados.

Lo que dice el estudio

El informe de la OCDE no se quedó solo en medir “cuánto tiempo frente a la pantalla” pasan los adolescentes. Fue más allá, cruzó esas horas con rendimiento académico, creatividad, bienestar emocional y las políticas que cada país ha puesto (o no) para regular el uso de estas plataformas.

Y el panorama chileno impresiona. Mientras el promedio de los países OCDE ronda las 35 horas semanales (unas 5 horas diarias), en Chile la cifra se dispara a más de 45. Para ponerlo en perspectiva: Japón, que está en la otra punta de la tabla, no llega ni a las 26 horas semanales, es casi el doble.

Otro número que llama la atención es que cerca del 95% de los adolescentes de 15 años usa redes sociales todos los días, y un 88% las usa específicamente para comunicarse o compartir contenido, no solo para “mirar”. Además, uno de cada cinco chicos pasa más de cinco horas diarias solo chateando o compartiendo cosas, sin contar el tiempo que dedica a hacer scroll y consumir contenido de otros.

Un detalle interesante y que conviene aclarar antes de que cunda el pánico, es que la propia OCDE advierte que el uso de redes sociales no está necesariamente ligado a peores resultados académicos. De hecho, los adolescentes que las usan de forma moderada tienden a mostrar mejores resultados que quienes las evitan por completo o quienes las usan de manera compulsiva. El problema, entonces, no sería la red social en sí, sino el exceso.

Vale la pena mencionar también que un académico de la Universidad Andrés Bello y del CIAE de la Universidad de Chile, Patricio Cabello, puso paños fríos respecto a la metodología, el estudio se basa en un reanálisis de datos de 2022 (la prueba PISA), así que hay que tomar el “primer lugar” con algo de cautela metodológica, aunque el fenómeno de fondo sea real y consistente con otras mediciones locales.

¿Por qué los adolescentes chilenos están tan arriba en esta tabla?

Acá no hay una sola respuesta, pero sí varias pistas que van armando el rompecabezas. Chile tiene una de las tasas de conectividad móvil más altas de la región, con más de 30 millones de conexiones móviles activas y un promedio cercano a 9 horas diarias de conexión a internet en general, de las cuales unas 5 horas corresponden solo al uso del celular, según ha detallado el académico Jorge Gallardo, del Instituto de Ciencias de la Salud de la Universidad de O’Higgins.

Súmale a eso algo cotidiano: el celular como “niñera digital”. Muchos papás reconocen que empezaron a dárselo a sus hijos pensando que era mejor tenerlos conectados y vigilados en la casa, antes que afuera jugando solos. El problema es que, con el tiempo, esa lógica se invierte, ahora cuesta que los niños quieran salir a la plaza o juntarse con amigos si no es a través de una pantalla, según ha explicado la psicóloga Antonia Irarrázabal en distintas charlas con apoderados.

La mirada de la neurociencia: por qué a los adolescentes les cuesta tanto parar

Esta es, probablemente, la parte más reveladora del fenómeno. Según explica Horacio Salgado, académico de Psicología de la Universidad Católica de la Santísima Concepción, hay una razón biológica de fondo. El área del cerebro que gestiona las emociones se desarrolla rápido durante la adolescencia, pero la zona encargada de la autorregulación, la que frena impulsos y mide consecuencias, recién termina de madurar cerca de los 20 años.

En otras palabras, un adolescente tiene “el acelerador” bien desarrollado, pero “el freno” todavía en obra gruesa. Por eso cuesta tanto que dejen el celular a un lado, incluso cuando ellos mismos reconocen que deberían hacerlo. Salgado compara este patrón con el de las conductas adictivas, y no es una exageración, la explosión de la cámara frontal y las selfies, dice, desató una ola de comparación social que puede detonar ansiedad, cuadros depresivos y el conocido FOMO (el miedo a quedar fuera de algo).

Esta lectura coincide con lo que se ha discutido a nivel internacional. Un estudio difundido este año en la revista científica JAMA Pediatrics encontró una asociación entre el uso problemático de redes sociales y un mayor riesgo de ansiedad y depresión en menores, justo durante etapas críticas del desarrollo neurológico y social. Un neurocientífico consultado por Radio Universidad de Chile fue claro respecto al futuro: las pantallas no se van a ir, así que el verdadero desafío no es eliminarlas, sino aprender a convivir con ellas de forma sana.

Los riesgos que más preocupan a los especialistas

Más allá del tiempo en sí, lo que inquieta a psicólogos y neurocientíficos son los efectos que se acumulan detrás de esas horas de pantalla:

  • Alteraciones del sueño, por el uso del celular hasta tarde en la noche.
  • Comparación social y autoimagen, alimentada por contenido que promueve cánones de belleza poco realistas, muchas veces promovidos por influencers sin respaldo científico.
  • Exposición a discursos de odio o violencia: estudios previos han mostrado que casi un 40% de las adolescentes mujeres reconoce haberse sentido afectada por contenido perturbador, una cifra bastante mayor que en los hombres de la misma edad.
  • Menor tiempo de interacción presencial, con menos conversación familiar y menos encuentros cara a cara con amigos.
  • Fragmentación de la atención, algo que varios académicos describen casi como una característica generacional de la Generación Z.

Una académica del Centro de Psicología Aplicada de la Universidad de Chile, Marcela Cuevas, agrega un matiz importante, para los adolescentes es especialmente riesgoso quedar “encerrados” en un mismo tipo de contenido repetido una y otra vez, porque están recién construyendo su identidad. Ese consumo repetitivo puede limitar mucho su mirada sobre otras formas de pensar o relacionarse.

¿Y las restricciones en los colegios sirven de algo?

Esta es una buena pregunta, porque muchos colegios ya prohibieron el celular en clases. Según el mismo informe de la OCDE, en promedio un 29% de los estudiantes que asiste a establecimientos con esa prohibición reconoce igual usar el celular varias veces al día durante la jornada escolar. Es decir, la prohibición ayuda, pero está lejos de resolver el problema por sí sola.

Esto ha abierto un debate más de fondo en Chile: ¿hay que ir más allá de las reglas del colegio? Actualmente se discuten iniciativas legislativas incluyendo un proyecto impulsado por el Gobierno y otro presentado por un grupo de parlamentarios, que buscan poner mecanismos de fiscalización y restricciones de acceso a redes sociales para menores de edad. La lógica detrás es justamente la neurociencia que mencionamos antes, si el cerebro adolescente todavía no tiene el “freno” completamente desarrollado, tal vez la regulación externa deba compensar esa brecha, al menos mientras se construyen mejores hábitos digitales en casa.

Entonces, ¿qué pueden hacer las familias?

No existe una fórmula mágica, pero los especialistas coinciden en algunas ideas concretas: conversar sobre lo que ven en redes en vez de solo prohibir sin explicar, establecer horarios sin pantalla (sobre todo antes de dormir), y quizás lo más difícil, dar el ejemplo, porque muchos adultos también vivimos pegados al celular. Como dice el propio informe de la OCDE, el problema no es la tecnología en sí, sino el desequilibrio, cuando las redes sociales terminan ocupando más horas que el colegio, las tareas o el sueño, ahí es cuando hay que prender las alertas.

Imagen: Nano Banana 2

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